Removidas emocionales al inicio de curso

En el post de hoy comparto el artículo que he escrito para El Periòdic d’Andorra. Podéis leer el artículo original en catalán aquí. Y a continuación os dejo la traducción al español:

 

La vuelta a la rutina después de unas largas vacaciones no siempre es fácil. Los niños se han despedido del verano tras más de dos meses de desconexión, descanso y flexibilidad horaria. Recuperar las rutinas y horarios escolares se convierte en un reto para muchas familias.

Niños y adolescentes se enfrentan a muchos cambios durante el mes de septiembre y esto hace que este mes sea, para pequeños y mayores, uno de los más removidos emocionalmente. Necesitaremos calma, paciencia y empatía hacia nosotros mismos y hacia nuestros hijos e hijas para poder transitar estos cambios de la mejor manera posible.

Recuperar rutinas, conocer a nuevos compañeros y maestros, separarse de los padres durante horas… Son muchos cambios en poco tiempo que pueden hacer aflorar muchas emociones contenidas durante el día. Todo esto se puede ver traducido en forma de rabietas, malas contestaciones, retrocesos, llantos… Y de rebote se nos despierta a padres y madres la culpabilidad y la inseguridad. «¡Con las ganas que tenía de recogerlo en la escuela y sólo verme estalla en una rabieta!». ¿Te suena?

Cambios que podemos detectar los primeros días de escuela

  • Está de mal humor, se muestra apático, está irritable, llora a menudo, más rabietas, está inquieto…
  • Está más revoltoso, tiene malas contestaciones, se pelea más con sus hermanos, le cuesta concentrarse, se niega a colaborar en tareas que antes sí hacía…
  • Pierde el apetito, o por el contrario quiere picar entre horas.
  • Llegado el momento no quiere acostarse, le cuesta dormirse, tiene terrores nocturnos, se levanta más temprano…

¿Qué se esconde tras su conducta?

Ante todos estos cambios, es importante que no nos centremos únicamente en reconducir la conducta. Hay que ir más allá y buscar su origen, es decir, intentar averiguar qué hay detrás de esa pataleta o mala contestación. «¿Me ha echado de menos? ¿Está cansado? ¿Se siente angustiado? ¿Qué hace que actúe así?».

Siempre existe un motivo por el cual un niño se comporta de una determinada manera.

En lugar de fijarnos sólo en su conducta, es necesario que averigüemos sus emociones, ya que su comportamiento está guiado por cómo se está sintiendo. Cuando un niño se siente mal, actuará mal. Esto hace que todo ello se traduzca en forma de gritos, llantos, golpes, malas contestaciones…

La solución no es aplicar castigos, amenazas o chantajes, porque éstos únicamente buscan penalizar al niño, no le enseñan ningún tipo de habilidad. Cuando aplicamos este tipo de estrategias, el niño detiene el mal comportamiento por miedo a nuestra reacción o porque se siente mal, pero el motivo de fondo que le ha llevado a actuar de esa manera no cambia. Además, preguntémonos si es esto lo que pretendemos. ¿Queremos que nos tenga miedo? ¿Queremos que aprenda a base de sentirse mal?

Podemos no estar de acuerdo con su comportamiento y deberemos reconducirlo. Pero la emoción y la necesidad siempre es válida y legítima.

Algunas estrategias para realizar esta transición de manera más respetuosa

1. Confianza y calma:

Seamos conscientes de nuestro lenguaje y estado de ánimo. No olvidemos que nuestra calma es su calma.

2. Presencia:

Después de pasar unas horas en la escuela, los niños tienen necesidad de compartir tiempo con nosotros. A menudo reclaman nuestra atención de forma insistente o expresándose con malestar. Es su manera de decirnos que nos han echado de menos.

3. Conectamos y validamos sus emociones:

Preguntémosles cómo se sienten, cómo están viviendo la vuelta a la escuela. Validemos sus emociones, tanto si son agradables como si son desagradables. Debemos hacerles saber que es natural que se sientan tristes o descolocados. Deben percibir nuestro apoyo y saber que nos tienen a su lado de forma incondicional.

4. Tiempo especial:

Busquemos momentos para realizar actividades con nuestro hijo o hija donde ponemos toda nuestra atención. Estos ratos pueden consistir en leer un cuento, salir a desayunar juntos… Eso sí, sin aprovechar para consultar el móvil ni adelantar cualquier tarea de la casa. Debe ser un tiempo especial conjunto.

5. Establecer rutinas claras:

¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de órdenes que reciben los niños a lo largo del día? «¡Recoge los juguetes!»; «Si en la de tres no estás en la cama, ¡hoy te quedas sin cuento!»… A nadie nos gusta recibir órdenes, y mucho menos cuando contienen amenazas o chantajes. Una buena forma de evitar pasarnos el día dando órdenes es crear conjuntamente una tabla de rutinas con imágenes de las actividades básicas de la mañana y la noche. Esto les ayudará a visualizar las tareas que deben llevar a cabo los días de escuela.

6. Cuídate:

El último punto, pero igualmente necesario. Cuando uno no está bien difícilmente puede dar lo mejor de sí mismo. Procura buscar momentos para ti, cuida tu diálogo interno y no te tomes personalmente el comportamiento de tu hijo. Acompañémoslo, y acompañémonos también a nosotros mismos, con paciencia y respeto. Respira. Lo estás haciendo bien. Esto también pasará.