Dejemos a un lado las luchas de poder

En el post de hoy comparto mi nuevo artículo publicado en El Periòdic. Un tema que puede resultar polémico, pero escrito con el ánimo de invitar a un cambio de mirada. Podéis leer el artículo original en catalán aquí. Y a continuación os dejo la traducción al español:

 

«¡A cenar! ¡Pablo, la cena está en la mesa! ¡Pablo, te he dicho que vengas ahora mismo! ¿¡¿Que no me escuchas?!?» Y 10 minutos más tarde, Pablo sigue en su habitación jugando como el que oye llover, mientras su padre está a punto de perder los nervios (si no los ha perdido ya). ¿Te suena esta situación?

Qué fácil sería que los niños nos hicieran caso a la primera, ¿verdad? Se acabarían las discusiones y el mal humor. Que recojan sus juguetes con una sonrisa de oreja a oreja; que se sienten a comer sin rechistar, y ya puestos, sin quejarse sobre lo que hay hoy para comer; que se pongan el jersey o se lo quiten según nosotros consideremos en cada momento… ¿Añadirías algo más a la lista de deseos? 🙂

Pero no, los niños no funcionan así. No siempre obedecen a ciegas ni tampoco hacen caso al instante. ¡Afortunadamente!

Ah, genial. ¿Entonces les dejamos que hagan lo que les da la gana? No, calma, no estoy diciendo esto. No todo es blanco o negro.

Párate un momento a reflexionar. Si yo te pregunto cómo te gustaría que fuera tu hijo dentro de 20 años, ¿qué me dirías? Dudo que entre las cualidades que tienes en mente estén las siguientes: que sea una persona sumisa, influenciable, insegura, que se deje llevar por los demás, que haga caso a las personas que se crucen en su camino sin plantearse si le conviene o no… ¿no quieres eso, me equivoco?

Fíjate en que las cualidades que valoramos en los adultos son a menudo las que más nos incomodan durante la infancia. Queremos niños sumisos, pero que mayores no lo sean. Queremos adultos con iniciativa, pero niños que obedezcan a ciegas. Valoramos a adultos que tengan capacidad de liderazgo y negociación, pero no queremos niños que cuestionen nuestras decisiones. A menudo les enseñamos lo que no queremos que sean.

Cada vez que pretendemos que nuestro hijo haga lo que le pedimos sin que entienda el motivo o bajo el pretexto «porque lo digo yo que soy tu madre, ¡y punto!», estamos desaprovechando una oportunidad de aprendizaje. Quieres que en un futuro sea capaz de calibrar y decidir cuándo debe obedecer y cuándo no. Que sea capaz de pararle los pies a un compañero cuando le falte el respeto, alejarse de una pareja autoritaria, o reclamar un aumento de sueldo a su jefe cuando considere que lo merece.

En el ejemplo que ponía al inicio del artículo, el padre de Pablo tiene un buen motivo por el que quiere que su hijo venga a cenar lo antes posible: quizás la comida se enfría, quizá sea tarde y mañana hay escuela, quizás pronto empieza el partido de fútbol en la tele y papá quiere verlo tranquilo… Pero a la vez, Pablo tiene sus motivos por los que no va a la mesa: se lo está pasando pipa jugando, no tiene hambre, no le preocupa si es tarde o temprano…

El problema no es que nuestro hijo no nos haga caso. El problema es que no tenemos en cuenta que él tiene sus propios intereses y necesidades. Nos centramos únicamente en exigir que ellos satisfagan lo que nosotros necesitamos en ese preciso instante. Cuando decimos “no me hace caso” en realidad estamos diciendo “no hace lo que yo quiero en el momento que yo quiero”.

Y es que uno de los temas más complicados en la educación de nuestros hijos es llegar a acuerdos sin que la sangre llegue al río. A menudo se convierte en todo un reto negociar las normas y límites, manteniéndonos firmes y amables a la vez. Lo fácil sería reaccionar gritando, castigando o utilizando cualquier tipo de chantaje. Así se terminaría el problema automáticamente. Pero cuando sabemos que el niño que estamos criando se convertirá algún día en un adulto y que en su vida necesitará habilidades que le permitan ser una persona íntegra y responsable, entonces pasamos de tener una mirada a corto plazo que nos invita únicamente a suprimir a aquella conducta a cualquier precio y, en cambio, decidimos tomar el camino largo, aquél que educa no sólo para el momento sino para la vida.

¿Cómo podemos llegar a acuerdos con nuestros hijos sin perder los nervios y entrenando habilidades para la vida? Te dejo a continuación algunas pinceladas de herramientas que trabajo en las formaciones grupales y sesiones individuales que facilito a familias y profesores, basados ​​en disciplina positiva. Te adelanto que el cambio comienza en el adulto, no en el niño. ¿Cómo? Cambiando nuestra mirada. Dejando a un lado la obediencia y fomentando la cooperación. Algunas propuestas:

  • Establece rutinas involucrando a tu hijo.
  • Anticipa lo que vendrá a continuación.
  • Valida sus emociones.
  • Ofrece opciones limitadas.
  • Cambia las exigencias por peticiones.
  • No entres en luchas de poder. No se trata de ganar al niño, sino de ganarnos al niño.
  • Decide qué límites son innegociables. Para mí son aquellos que cuidan, por ejemplo: para cruzar la calle debes darme la mano.

Si queremos que los niños nos escuchen; escuchemos. Si queremos que nos respeten; respetemos. Mejorar la relación con los niños está en nuestras manos. En lugar de intentar cambiar al niño a cualquier precio, cambiemos nosotros preguntándonos qué estamos haciendo y cómo lo estamos haciendo. No desde la culpabilidad, sino desde la responsabilidad.